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Noticias Amor y Rabia

Los Borbones, una saga llena de viciosos y tarados. ¡Va por ti, Valtonyc!

Published on: domingo, 25 de febrero de 2018 // ,
 

Por JAUME GRAU

Valtonyc, el rapero de Sa Pobla, deberá ingresar en prisión, después de que el Tribunal Supremo haya ratificado su condena a 3 años y 6 meses por injurias a la corona, por faltar el respeto a los Borbones. Por esta razón y a la vista de la sentencia, me parece que valdría la pena recordar quienes son los Borbones y qué han representado para España.

Los Borbones españoles tienen el honor de encabezar la lista de las estirpes reales europeas más taradas y despóticas. Y se han ganado esta plaza en la historia por méritos sobrados, vamos, que han puesto esfuerzo y ganas.

Empecemos por el primer rey, Felipe V, que se paseaba con el camisón de su mujer por el palacio real, no se lavaba y defecaba por todas partes, pensando que era una rana. No se dejaba cortar el pelo, ni las uñas de las manos ni de los pies, hasta que al final ya no podía ni andar. Ah! Y tenía una obsesión enfermiza por el sexo, un rasgo caracterológico que ha perdurado en la familia hasta nuestros días. Éste es el primer Borbón de la dinastía española, el que inaugura la exitosa estirpe real.

Parece difícil de superar, pero los que le irían sucediendo supieron estar a la altura. Su hijo, Fernando VI, tenía la manía de morder y pegar sus subordinados, hasta el punto de causarles importantes heridas. Bailaba en ropa interior y sólo se calmaba después de una buena dosis de opiáceos.

El siguiente rey, Carlos III, era un personaje melancólico, un tanto extraño. Se casó a los 22 años con Amalia de Sajonia que tenía 13. Estaba tan entusiasmado con las alegrías de la vida conyugal con su esposa, una niña a todos los efectos, que contaba en carta a sus padres las relaciones carnales que mantenía, lo que suelen hacer todos los hijos, claro. Carlos III se ha llevado la fama de ser el único Borbón medianamente presentable, porque supo delegar en ministros competentes. Pero… ¡cuidado! Delegaba porque no estaba nunca en la Corte, se pasaba el día cazando. De hecho, en la Corte, se estaba una media de seis o siete semanas al año; el resto lo pasaba en el campo. A Carlos III se le conoce como «El cazador» y un retrato de Goya muestra al rey ya chocho, escopeta en mano.

Goya también pintó a la familia real de Carlos IV: un retrato despiadado donde quedan reflejados todos los defectos y vicios del grupo en su conjunto. No se salva ni uno. Carlos IV se pasaba el día cazando como su padre, le gustaba hacer de carpintero y era un personaje manipulable, influenciado por su mujer, María Luisa de Parma, que colocó a su amante, Godoy, como ministro universal. Carlos IV cedió los derechos de la corona española a Napoleón por una modesta suma: 30 millones de reales anuales, el precio de su patriotismo. Su hijo Fernando, también obtuvo una pensión, eso sí, más escasa, de 4 millones de reales.

Después sería rey, Fernando VII, «El deseado», un crápula vicioso y lúbrico, con un miembro viril desproporcionado como dejó anotado en sus diarios un médico de la época: «un Miembro viril fino como una barra de lacre en la base, y tan gordo como el puño en super extremidad; además, tan largo como un taco de billar». Fernando VII tiene el honor de ser considerado el peor rey de la historia de España; un título, todo hay que decirlo, por el que compiten otros familiares suyos. No tuvo descendencia masculina, proclamó la Pragmática Sanción que anulaba la Ley Sálica y que permitía gobernar a su hija Isabel en lugar de su hermano Carlos, que habría sido el sucesor natural al trono. Este hecho desencadenaría un conflicto dinástico que ocasionaría tres guerras y miles de muertos durante el siglo XIX: las Guerras Carlistas.

¿Qué decir de Isabel II, «la Isabelota»? Heredó el apetito sexual de su padre, era consentida e influenciable, y en la corte se rodeaba de personajes grotescos, como sor Patrocinio, la monja de las llagas. Mientras, su madre María Cristina reunía una gran fortuna gracias a su influencia política y a su participación en el negocio del ferrocarril en la península. Lo de las comisiones.

La revolución de la Gloriosa, fue el primer intento de echar a la dinastía de una vez por todas, pero sin éxito. La muerte de Prim, la abdicación de Amadeo de Saboya y los conflictos de la Primera República, permitieron la restauración de la monarquía en la persona del hijo de la reina Isabel y un comandante de ingenieros valenciano, Enrique Puigmoltó. Alfonso XII, el «Triste de Sí», era un joven enfermizo y melancólico que, a diferencia de sus antecesores, recibió una formación más completa en diferentes países europeos, lo que no le impidió cometer algún desliz de pardillo que le conllevó importantes problemas diplomáticos con Francia. Alfonso XII murió de tuberculosis y su esposa, la reina María Cristina, actuó como regente hasta la mayoría de edad de Alfonso XIII.

El nuevo rey destacó por su ademán soberbio y su chulería, por su voluntad de no someterse a las limitaciones constitucionales, por su nefasta obra de gobierno, por los desastres militares, por la dictadura de Primo de Rivera y… ¡Ah! Por una cuestión positiva: ser promotor del cine, gracias a las películas pornográficas que financió de su bolsillo y que realizaron los hermanos Baños. Ahora están en depósito en la Filmoteca de Valencia.

Su hijo Juan, padre del actual rey emérito, después del golpe de Estado fascista, corrió a ponerse a disposición de Franco, aunque el general Mola impidió que se uniera a sus fuerzas, para no provocar malestar con los carlistas. El conde de Barcelona se afanó para volver al trono, y envió a su hijo Juan Carlos a España para que estudiara con los facciosos. ¿Qué mejor educación se puede dar a un hijo? A pesar de los acercamientos del conde de Barcelona, ​​a la oposición moderada, el interés real de la familia no era el restablecimiento de la democracia, si no la restitución de su estirpe dinástica, por el medio que fuera.

El rey Juan Carlos siempre tuvo en consideración al dictador; de hecho no ha permitido que nadie hable mal de Franco en su presencia. Juan Carlos propició consciente o inconscientemente el golpe de Estado del 23-F, hablando como un bocazas con sus generales de la situación política en España y de los cambios que serían necesarios. Los cambios se produjeron por vía de la destitución de Adolfo Suárez, pero el golpe ya estaba en marcha. El rey Juan Carlos, como muchos antiguos antecesores suyos, ha tratado de engrasar su cartera hasta acumular una fortuna que The New York Times estimó en 2.300 millones de dólares, todos en negro, porque no consta que haya declarado nada a Hacienda de sus ingresos extraordinarios. Juan Carlos, como sus antepasados, ha practicado sin descanso dos de las aficiones que siempre han distinguido los Borbones: la caza y el fornicio. Del fornicio real de Juan Carlos se han derivado gastos extraordinarios pagados con fondos reservados para ocultar algunas de las numerosas aventuras que ha ido acumulando durante su reinado.

Después de aguantar estoicamente durante 300 años el gobierno de una dinastía tan peculiar, parece que todavía no ha llegado el momento de hablar, de expresar con libertad qué ha significado para los sufridos ciudadanos de esta península, haber sido dominados por el capricho de un ADN borbónico tan extraordinario. Y aún tenemos que aguantar que se cierre en la cárcel a todo quisqui que se atreva a tweetear, hablar, cantar o rapear. Como en el caso de un joven valiente de 23 años, de Sa Pobla.

22 febrero 2018

Tomando a Piotr Kropotkin en serio

Published on: domingo, 21 de enero de 2018 // , ,

Por ÁLVARO GIRÓN

Hace más de una década comenzaba a dar los primeros pasos en lo que acabaría por convertirse en una larga indagación sobre Piotr Kropotkin. Por aquellas fechas, recién instalado en Inglaterra para una estancia posdoctoral, uno tendía a pensar que pocos serían los interesados en un teórico anarquista décadas después del colapso final del breve renacimiento ácrata posterior al 1968. Parecía que solo quedarían —como mucho— algunos rescoldos humeantes, convenientemente triturados en aquellos tiempos en que la ortodoxia thatcheriana —modernizada con convenientes ropajes blairistas— imperaba en la Gran Bretaña y más allá. Pues bien, pronto caí en la cuenta de que en la isla donde él vivió durante más de treinta años de exilio —desde 1886 a 1917— nunca se le olvidó del todo.

Ahora bien, el que Kropotkin no haya sido del todo olvidado no quiere decir necesariamente que se le haya tomado en serio. Las ambigüedades son especialmente notorias cuando hablamos de su pensamiento evolucionista. Por un lado, se ha alabado su contundente resistencia frente al —mal— llamado darwinismo social. También se le suele señalar como uno de los precedentes más claros de los estudios sobre altruismo entre animales. No obstante, la opinión general tiende a presentar la visión kropotkiniana de la naturaleza como algo que tenía más que ver con sus disposiciones personales (supuestamente benevolentes) o sus ideales políticos que con el desapasionado análisis que se le supone al científico. En realidad, la idea viene de lejos. Ya en la reseña publicada en 1903 en Nature de su obra capital, El apoyo mutuo (1902), se leía que Kropotkin atribuía «a los animales inferiores una benevolencia similar a la suya propia».

Uno de los intentos relativamente recientes de rehabilitación científica del evolucionismo a lo Kropotkin vino —quizá no por casualidad— de la mano del llorado Stephen Jay Gould, en su artículo «Kropotkin no era ningún chiflado» (1991). En él Gould, haciendo un uso generoso de la contribución de Daniel Todes (1989) sobre el darwinismo ruso, desafió la imagen del personaje idiosincrático que moldea las aristas de la economía natural en función de sus muy peculiares convicciones políticas: Kropotkin no era una rara avis, sino que sus ideas se entroncaban en una tradición peculiar del evolucionismo ruso. Un darwinismo sin Malthus, que tendía a subrayar el carácter capital de la sociabilidad —cuando no la solidaridad— en la lucha por la existencia que los seres vivos sostenían contra las dificultades ambientales. Lo que a Gould le resultaba tranquilizador era saber que, a pesar de las implicaciones políticas que había ido adquiriendo el darwinismo en Rusia, no poco de esa tradición antimaltusiana se basaba en un sólido trabajo de campo en los grandes territorios despoblados del imperio ruso. Ello contrastaba con la experiencia fundacional de alguien como Darwin, quien había nacido y vivido en una isla superpoblada y desarrollado parte de sus primeros pasos como científico en entornos tropicales. Dicho de otra manera, el sustrato del darwinismo antimaltusiano de Kropotkin no solo se asienta en ideales políticos aparentemente excéntricos, sino sobre todo en una tradición científica respetable, sólidamente anclada en el conocimiento empírico de un entorno natural peculiar.

Por bienintencionada que fuera la aproximación de Gould, sin embargo, uno se atrevería a discrepar en dos cuestiones fundamentales. La primera es que la contribución de Kropotkin no se puede ni se debe entender como una suerte de intrusión de un darwinismo peculiar aunque respetable —el ruso— en un entorno científico y social totalmente ajeno. Por el contrario, en la Europa Occidental existía un público más que preparado para aceptar que la sociabilidad ha tenido mucho que ver en la evolución, sobre todo en el caso de los animales. Como el propio Kropotkin reconoció públicamente, el terreno había sido convenientemente preparado por las aportaciones de personajes hoy olvidados como Alfred Espinàs, Jean-Louis de Lanessan o Ludwig Büchner. Más aún, era el propio Darwin el que se refirió en El origen del hombre al rol clave de los instintos sociales en la génesis del sentido moral. Ni Kropotkin ni su ciencia fueron periféricos en los debates posdarwinianos sobre ética y evolución.

La segunda discrepancia quizás sea más heterodoxa. El punto de vista de Gould, más que implícitamente, se basa en la convicción de que las ideas políticas indefectiblemente contaminan la obra científica: nos podemos tomar en serio a Kropotkin porque su peculiar darwinismo no está informado exclusivamente por su anarquismo, sino que debe bastante más a su experiencia en el hostil ambiente siberiano. Algunos, por el contrario, pensamos que hay buenas razones para dudar del hecho de que se puedan separar clínicamente ciencia y cultura (lo que incluye eso que llamamos política). Hoy admitimos que en la génesis de la teoría —o mejor, teorías— de Darwin, junto a los muy respetables pinzones y cirrípedos, algo tuvieron que ver la economía política de Malthus, la disidencia religiosa, su antiesclavismo militante o la dinámica expansiva del Imperio británico. No separamos a unos (la naturaleza), vistos como fuentes legítimas de conocimiento, de otros (la cultura), presentados como peligrosos contaminantes: todos son constitutivos del conocimiento. De la misma manera, permítanme que yo no haga esa misma separación cuando hablo de Kropotkin. Si hemos de entender su pensamiento, más vale lidiar con el viajero, el anarquista, el geógrafo, el respetable hombre de ciencia, es decir, con el hombre completo.
 
Bosques de la cuenca del Amur,
región explorada por Kropotkin.

El explorador, el revolucionario, el sabio venerable

Kropotkin nace en 1842 en una familia perteneciente a la más rancia aristocracia moscovita. A los quince años se incorporó al cuerpo de pajes de San Petersburgo, donde, además de recibir instrucción militar, tuvo acceso a una exquisita educación técnica y científica. Brillante estudiante, fue promovido a paje de cámara del zar en ese mismo año. De inclinaciones políticas liberales, pronto se desilusionó por el carácter reaccionario del ambiente palaciego de San Petersburgo. En 1862 se incorporó a un regimiento cosaco en Siberia (allí estuvo destinado hasta 1867), donde esperaba poder colaborar más efectivamente en la reforma del país. Después de un lapso durante el que trabajó arduamente en tareas administrativas, Kropotkin dedicó sus energías a la exploración científica. La experiencia siberiana le marcó la vida para siempre. Supuso, en primer lugar, la piedra de toque sobre la que construyó gran parte de su importantísima aportación al dominio de la geografía física. El contacto, además, con un ambiente aparentemente despoblado —como el siberiano— fue fundamental en la articulación posterior de su interpretación antimaltusiana del darwinismo. Y de manera aún más crucial en ese momento, determinó su pérdida de fe en la maquinaria del Estado a la hora de resolver los problemas reales del pueblo.

Sin embargo, el verdadero elemento catalizador desde el punto de vista político —como para muchos jóvenes de su generación— fue la Comuna de París (1871). Después de rechazar el puesto de secretario de la Sociedad Geográfica Imperial, hizo un viaje a Suiza: allí tomó partido decididamente por el socialismo anarquista. A la vuelta de su corta estancia en Suiza, se unió al famoso círculo populista de Chaikovski, hasta que fue hecho preso en 1874. Se fugó de las cárceles rusas dos años después para exiliarse en Gran Bretaña. Aunque se ganaba la vida con actividades tan respetables como las colaboraciones en Nature, The Times o la Enciclopedia Británica, su nueva vida como agitador anarquista estaba muy lejos de acabar. En los años siguientes, viviendo a caballo entre Gran Bretaña, Francia y Suiza, Kropotkin se convirtió en un extraordinario propagandista revolucionario, siendo fundamental su aportación tanto para la difusión del comunismo libertario como para la creación de una prensa libertaria de gran aliento teórico.

Esta actividad se vio bruscamente frenada. A fines de 1882, fue arrestado en Lyon. Desafortunadamente para las autoridades galas, el juicio que siguió a su detención se convirtió en una formidable plataforma de propaganda libertaria. Se consolida —además— el mito romántico del príncipe que renuncia a los privilegios de clase para abrazar la causa de los desposeídos, hasta el punto de generar una ola de simpatía hacia la figura de Kropotkin en la otra orilla del canal de la Mancha. Los años en la cárcel tuvieron efectos perdurables. Es en la cárcel de Clairvaux donde lee el trabajo del zoólogo ruso Karl Fiodorovich Kessler sobre la ayuda mutua en la evolución, decisivo, como él mismo confiesa, en la formalización de sus ideas al respecto. Por otra parte, su salud, ya debilitada por la estancia en las cárceles rusas, empeora hasta el punto de temerse por su vida. En enero de 1886 fue excarcelado, aunque se convirtió en un enfermo de por vida.

Tras la liberación, se exiló en Inglaterra. Estableció su residencia en los suburbios londinenses, dando fin a gran parte de su actividad clandestina. Inició, sin embargo, una actividad teórica de grandísimo calado. Su vida suburbial, en todo caso, no fue absolutamente anónima. El aura romántica del aristócrata que renuncia a su clase social, combinada con su gran reputación como viajero y geógrafo, le abre puertas y públicos nada comunes para un anarquista. Kropotkin no solo hacía públicas sus ideas en los órganos de prensa libertarios, sino que escribía habitualmente en revistas de gran impacto en círculos intelectuales, como The Nineteenth Century, la más aclamada de las monthly reviews, de cuya sección científica llegó a ser responsable. Participó, además, en las actividades de la Royal Geographical Society, llegando a ser miembro de la British Association for the Advancement of Science. Los largos años que residió en Inglaterra hasta su vuelta a Rusia en 1917 fueron años de apacible respetabilidad victoriana, aunque mantuvo un fuerte compromiso con la causa anárquica. Fue, sin duda, el período más fructífero desde el punto de vista intelectual, evolucionismo incluido.

Kropotkin contra Thomas Huxley, y más allá: «El apoyo mutuo»

En realidad Kropotkin comenzó a estar interesado en el darwinismo desde fechas tempranas. Su correspondencia refleja que en cierta manera estaba sometiendo la teoría darwiniana al test de la naturaleza siberiana a comienzos de los años 1860. Sus opiniones al respecto, sin embargo, solo vieron la letra impresa una vez exilado en Europa Occidental. Fue en 1882 en un obituario de Darwin publicado por la prensa libertaria francesa. El artículo es, de facto, una crítica al uso burgués del darwinismo y contiene algunos argumentos que reaparecerán después: las especies sociables son las más prósperas; la solidaridad es el factor clave en la supervivencia de las especies en su agónica lucha colectiva contra las fuerzas hostiles de la naturaleza. El texto, además, refleja su deuda con respecto a la visión que tenían sobre el asunto los zoólogos rusos.

En 1887, en dos artículos publicados en The Nineteenth Century y en un contexto de gran tensión social en Gran Bretaña, Kropotkin manifestó que el anarquismo y la filosofía de la evolución tenían los mismos métodos. Sin embargo, introdujo un matiz importante. Haciendo una crítica a Herbert Spencer, afirmó que las leyes de población maltusianas eran falsas y que no aportaban nada a la teoría de la evolución. Paralelamente, Thomas Henry Huxley, el viejo defensor de Darwin, estaba elaborando su propio guión político-científico en una dirección muy distinta. En 1888, en la propia The Nineteenth Century, Huxley empezó a dibujar el retrato de la naturaleza como un conjunto de procesos amorales y brutales, absolutamente incapaz de proporcionar cualquier tipo de criterio sobre el que fundar la moral. Es la respuesta de Huxley tanto a la ética evolucionista de Spencer como a su ultraliberalismo político. Ahora bien, aunque su posición es congruente con un nuevo liberalismo reformista que consideraba necesario cierto nivel de intervención del Estado, Huxley subrayaba con igual fuerza que la presencia permanente del espectro maltusiano y la persistencia de instintos agresivos primordiales imponían severos límites a los proyectos de reforma radical y revolucionarios. Todo ello llevó a Kropotkin a responder en una serie de artículos publicados en la misma revista entre los años 1890 y 1896, y que fueron finalmente reunidos en un volumen titulado Mutual Aid. A Factor of Evolution, publicado en 1902.

Ahora bien, el objetivo de El apoyo mutuo no era simplemente Huxley. Kropotkin se lanzó a criticar lo que él veía como toda una escuela que utilizaba como eslogan la lucha por la existencia. El libro se convirtió en un ataque a aquellos discípulos de Darwin que, a su parecer, solo veían en la naturaleza sus aspectos más brutales. El príncipe anarquista reconocía que la lucha por la existencia —en el sentido de una competencia real por el alimento y el espacio— existía en el mundo de lo vivo, pero que no era fácil que tuviera efecto. Era muy raro que se llegara al umbral maltusiano de un combate efectivo entre individuos por el alimento. En contraposición, Kropotkin destacaba el papel predominante de lo que, según él, Darwin había llamado «lucha metafórica por la existencia», es decir, la lucha colectiva que las especies sostienen contra las condiciones hostiles del medio y contra otras especies. Para él estaba claro que la mejor arma en ese tipo de lucha era la sociabilidad. Los más aptos son aquellos animales que adquieren hábitos de apoyo mutuo.

Por otro lado, para Kropotkin, la lucha entre individuos de la misma especie no puede producir ningún tipo de progreso evolutivo, sino lo contrario. Establecer límites a la competencia maltusiana mediante el auxilio mutuo es la clave de la evolución progresiva. La sociabilidad —el apoyo mutuo— no solo limita la lucha, sino que es condición necesaria para el desarrollo de las facultades más elevadas, como la inteligencia y la moralidad. Ello le llevó a otra conclusión correlativa. Kropotkin, al contrario que Huxley, pensaba que la moralidad estaba fundada en natura, no existía un proceso ético que oponer a una supuesta naturaleza amoral. Lejos de ser un desarrollo tardío, un fruto de la civilización, nuestro sentido moral estaba profundamente anclado en nuestro pasado biológico: son millones de años de evolución que hablan en nosotros.
 
Kropotkin 'versus' Huxley.

De la ética al neolamarckismo

No es extraño, pues, que Kropotkin tratara de desarrollar las consecuencias éticas del punto de vista adoptado en su Mutual Aid. En el período comprendido entre 1890 y 1914 empezó a parecerle una necesidad perentoria. La creciente influencia de la filosofía de Nieztsche —conspicua incluso en las filas libertarias— así como el rearme patente del catolicismo en el fin de siglo aparecían como nuevas amenazas. En el año 1904 publica dos artículos en The Nineteenth Century destinados no solo a conjurar los peligros, sino a servir de base a lo que él quería que fuera una obra acabada sobre moral basada en la filosofía evolucionista. Una nueva ética —que vendría según sus propias palabras a segar la hierba bajo los pies del cristianismo— en la que la huella inspiradora del Darwin de El origen del hombre se hace explícita. Sin embargo, Kropotkin pronto encontró un obstáculo en su tradicional bestia negra: Thomas Malthus. Según el anarquista ruso, los biólogos se resistían a reconocer el apoyo mutuo como principal característica de la vida animal porque advertían que estaba en abierta contradicción con el feroz combate por la vida entre individuos que se desprende necesariamente de las limitaciones maltusianas de espacio y alimento. Este era el verdadero fundamento —según ellos— de la teoría darwiniana de la evolución. Aun cuando se les recordara que Darwin en El origen del hombre había subrayado el papel clave de la sociabilidad y de los sentimientos simpáticos en la preservación de las especies, estos mismos naturalistas eran incapaces de reconciliar esta afirmación con el peso indudable que el propio Darwin y Alfred R. Wallace asignaron a la lucha interindividual en su teoría de la selección natural. Kropotkin asumió la existencia de esta contradicción. Maltusianismo y dominio de la solidaridad en la economía de la naturaleza eran mutuamente excluyentes.

Kropotkin trató de sortear el obstáculo postulando una síntesis entre darwinismo y lamarckismo en una serie de artículos publicados en The Nineteenth Century a lo largo de la década de 1910. Una síntesis en que la selección natural sería en gran medida fagocitada por la acción directa del medio sobre los organismos, influencia ambiental que sería transmitida a la descendencia mediante la herencia de los caracteres adquiridos. Para ello trató de probar, fundamentalmente, que la selección natural de variaciones producidas al azar o accidentalmente no podía dar cuenta de la evolución progresiva, mientras que la acción directa del medio transmitida hereditariamente sí lo hacía. Para ello era fundamental demostrar que la herencia de los caracteres adquiridos no solo no era una imposibilidad teórica, sino que empezaba a gozar de cierta base experimental. De hecho, su intento de rehabilitación de Lamarck le llevó a estudiar en profundidad no solo los trabajos de los modernos neolamarckianos, sino también las teorías hereditarias duras opuestas, muy singularmente la de August Weismann.

Quizás para algunos este apoyo postrero a las tesis neolamarckianas ilustre mejor que nada en qué medida Kropotkin es un caso más de cómo preocupaciones extracientíficas llevan a algunas mentes privilegiadas a incurrir en graves errores. Esta es una forma de ver las cosas no solo simplista, sino básicamente errónea: se trata de un anacronismo. El anarquismo de Kropotkin no le llevó a sostener ideas peregrinas, sino a defender planteamientos ampliamente compartidos por parte importante de la comunidad de biólogos del tiempo que le tocó vivir. No solo la crítica a las teorías de Weismann se había generalizado en Francia y en la propia Alemania, era el propio mendelismo —al que Kropotkin no daba especial importancia— el que no resultaba creíble para explicar el fenómeno global de la herencia. Algo parecido se puede decir de su teoría del apoyo mutuo. ¿Antropomorfismo? Desde luego no mayor que el del propio Darwin. En realidad, la ingenuidad de Kropotkin no deja de ser una ilusión retrospectiva. Una ilusión alimentada por el hecho de que tanto en ciencia como en política se alineó en el bando que acabó por ser el perdedor. Es posible que en un tiempo menos sectario, tanto en ciencia como en política, nos acerquemos a su figura de otra manera. Mientras tanto, si se quiere entender algo de los debates posdarwinianos en las últimas décadas del XIX y principios del XX, va siendo hora de tomarse en serio a Kropotkin.

13/05/2011

De la acción solidaria al golpe de Estado

Published on: sábado, 13 de enero de 2018 // , ,
El mismo logotipo del movimiento serbio 'Otpor!'
y el georgiano 'Kmara!', ha servido para otras organizaciones
como el 'Movimiento Juvenil 6 de Abril' de Egipto,
el 'JAVU' en Venezuela y 'Oborona' en Rusia.

Por JAVIER BARRAYCOA

Desde la Albert Einstein Institution, Gene Scharp elaboró, acabando la Guerra Fría, la teoría de los golpes de Estado soft («suaves»). En los últimos decenios, Estados Unidos ha aplicado esta doctrina para conseguir cambios de régimen político en países extranjeros sin necesidad de aplicar la violencia. Para llevar a cabo semejantes proyectos, se han fundado multitud de ONG ad hoc que dependen de los presupuestos del Gobierno federal norteamericano. Si tradicionalmente el Gobierno estadounidense financiaba partidos, sindicatos o guerrillas, ahora subvenciona Organizaciones No Gubernamentales. El entramado de fundaciones, institutos y asociaciones humanitarias con las agencias gubernamentales generan un complicado organigrama donde lo privado y lo público acaba confundiéndose. Un ejemplo es el Open Society Institute del siempre oscuro George Soros. Este instituto aporta fondos a numerosas ONG que sirven a sus intereses políticos y económicos. El papel del Open Society Institute fue clave para configurar la oposición al régimen serbio de Milosevic en el año 2000. Soros financió el Centro para la Resistencia No Violenta de Belgrado. Éste era un foro donde diversos intelectuales encontraron resonancia mundial. La asociación Otpor! («¡Resistencia!»), que preparaba cuadros dirigentes para organizar manifestaciones opositoras, también fue subvencionada por el mismo Instituto.

Miembros de Otpor viajaron a Georgia para asesorar una ONG muy semejante: Kmara! («¡Basta!»), también al servicio de Soros. Esta organización se dedicó a poner en tela de juicio los resultados electorales de las legislativas de 2003. Fue la llamada «revolución de las rosas». Sus protestas tuvieron resonancia internacional y fueron «corroboradas» por otras asociaciones encargadas de velar por la limpieza en el proceso electoral. Lo que nadie dice es que estas organizaciones dependen, a su vez, de las subvenciones del Gobierno norteamericano o de otras instituciones mundialistas. Entre estas sospechosas ONG las más famosas son la Fair Elecctions Society, financiada por el British Council; la International Foundation for Election Systems; el Global Strategy Group, subvencionado por Soros; o la Eurasia Foundation, subvencionada por el Gobierno de Estados Unidos. Gracias a estas asociaciones, se consiguió un incruento cambio de gobierno en Georgia o que el hombre de Soros en Ucrania, Kaja Lomaia, fuera nombrado ministro de Educación. El nuevo presidente georgiano Mijail Saakashvili, protagonista de la «revolución rosa», había cooperado anteriormente con diversas ONG subvencionadas por Estados Unidos y acudía frecuentemente a Belgrado para asistir a las reuniones de las organizaciones controladas por Soros.

Esta constelación de «grupos humanitarios» actúa bajo una estrategia común. Algunos denuncian atentados contra los derechos humanos por parte de un determinado gobierno. Otros reúnen intelectuales y preparan cuadros dirigentes. Todos, ante un proceso electoral, niegan la validez de los comicios haciendo creer que los resultados que ellos registran no coinciden con los gubernamentales. Por fin, la presión internacional se hace insoportable y un gobierno cae. La estrategia se ha estandarizado y en los últimos años hemos asistido a la caída de muchos gobiernos sin derramamientos de sangre en los antiguos países comunistas.

Una de estas «revoluciones de terciopelo» que más resonancia ha tenido ha sido la «revolución naranja» en Ucrania. El proceso ha sido muy semejante al de Serbia. El actual beneficiado de la «revolución naranja» es Víktor Yushchenko. Antes de protagonizar la oposición que hizo caer el Gobierno era miembro del International Center for Policy Studies, una ONG muy activa en Ucrania. Esta organización está financiada por la Poland-America-Ukraine Cooperation Inicitative, una ONG subvencionada a su vez por el Gobierno norteamericano. Lo que los medios denominaban la «sociedad civil» no dejaba de ser, en estos casos, un montaje de estas organizaciones y de aquellos que las mantienen con fondos públicos o privados. De lo que sí estamos seguros es que detrás hay intereses concretos que acaban siendo cobrados.

Los mitos actuales al descubierto
(2008)



    (Nota de AyR: Recordemos también que fue la fundación de Soros quién asesoró a los políticos que llevaron a cabo el fallido 'Procés' en Cataluña el pasado año 2017.)

Murray Bookchin y la Revolución española de 1936

Published on: jueves, 4 de enero de 2018 // , ,

Por DEBBIE BOOKCHIN*

Para él (Murray Bookchin) fue la revolución más decisiva de la historia. Creía que los colectivos anarquistas proporcionaban el ejemplo más avanzado de las mejores tendencias liberadoras en el ser humano: autoorganización, apoyo mutuo, igualitarismo, liberación de la mujer, etc. Además, vio en los colectivos anarquistas un modelo vivo con el que los revolucionarios deberían estar familiarizados, porque trataba de ir mucho más allá de la reforma económica. Desafiaron los propios cimientos de la sociedad, abogando por la liberación en todos los niveles de la existencia humana. Mi padre también entendió que la experiencia en España contenía valiosas lecciones para los revolucionarios sobre el poder, específicamente a raíz de los hechos de julio de 1936, cuando los trabajadores de Cataluña derrotaron a las fuerzas de Franco y organizaron una gran red de consejos vecinales para organizar la defensa, la producción fabril, los suministros y el transporte de las mercancías. Teniendo el control sobre la región, gracias al sindicato revolucionario de la CNT-FAI y a la colectivización campesina de la tierra, algunos trabajadores militantes pidieron a los líderes de la CNT que asumieran el poder que habían conquistado. Durruti rechazó el poder político, que siguió en manos de Lluis Companys. Mi padre pensaba que esta renuncia permitió a las clases dominantes remodelar el gobierno obrero en un estado democrático burgués cada vez más estalinista como contraprestación a la ayuda soviética. De este error, dijo mi padre, debemos aprender algo: el poder nunca puede ser simplemente abolido; siempre está ahí y la cuestión que siempre se planteará es: ¿en manos de quién residirá? No debemos ocultar el problema que conlleva el poder; debemos estar dispuestos a asumirlo a nivel local y darle su forma más liberadora y emancipadora.

  * Extracto de la entrevista a la hija de Murray Bookchin en el último número de la revista AJOBLANCO. (Algo que últimamente algunos libertarios de hoy en día parecen haber olvidado ante los recientes acontecimientos apoyando el 'Procés' de la oligarquía catalanista.)

A todos los judíos del mundo

Published on: miércoles, 6 de diciembre de 2017 // , ,

Por NESTOR MAJNÓ

¡Ciudadanos judíos! En mi primer «Llamamiento a los judíos», publicado en el periódico francés Le Libertaire, me dirigía a los judíos en general, en respuesta a lo que afirman burgueses y socialistas junto a «anarquistas» como Yanovski, que me acusan de pogromista y califican de antisemita al movimiento de liberación de campesinos y trabajadores ucranianos que lideré; para que me detallaran hechos concretos en lugar de imputaciones genéricas: simplemente, que me dijeran dónde y cuándo perpetré, o el movimiento antes mencionado perpetró, actos de ese tipo.

Había esperado a que los judíos en general contestaran a mi «Llamamiento», que apareciera gente ávida por descubrir al mundo civilizado la verdad acerca de estos criminales responsables de las matanzas de judíos en Ucrania o que intentaran basar sus vergonzosos relatos sobre mí y sobre el movimiento majnovista en hechos probados en los que pudieran comprometerme y que los presentaran ante la opinión pública.

Por el contrario, no he visto que ningún judío haya presentado pruebas. Lo único que ha aparecido hasta el momento en la prensa, reproducido también por ciertos órganos anarquistas judíos, acerca de mí y el movimiento insurgente que lideré, no ha sido otra cosa que el producto de las más vergonzosas mentiras y de la grosería de ciertos maniobreros políticos y sus paniaguados. Además, hay que decir que las unidades revolucionarias combatientes compuestas por trabajadores judíos jugaron un papel de primer orden en el movimiento. La cobardía de los difamadores no me afecta, ya que siempre les he tratado como lo que son. Los ciudadanos judíos pueden estar seguros de ello si observan que no dije ni una sola palabra sobre la farsa salida de la pluma de un tal Joseph Kessel con el título de «Majno y sus judíos», una novela escrita sobre la base de la desinformación acerca de mí y del movimiento conectado conmigo organizativa y teóricamente. La sustancia de esta farsa está tomada de un lacayo lameculos de los bolcheviques, un tal Coronel Gerasimenko, recientemente condenado por los tribunales checos por espionaje para una organización militar bolchevique. La 'novelucha' está también basada en artículos escritos por un periodista burgués, un tal Arbatov, que desvergonzadamente me atribuye toda clase de violencias perpetradas contra una compañía de «artistas enanos». Una invención de principio a fin, por supuesto.

En esa novela simplemente compuesta por falsedades, Kessel me describe de un modo tan odioso que, al menos en aquellos pasajes que toma prestados de Gerasimenko y Arbatov, debería haber nombrado sus fuentes. Dado que la falsedad representa el principal papel en esta novela y que las fuentes son inconsistentes, el silencio fue la única respuesta que creí oportuno dar.

Tengo una visión bastante diferente de las calumnias que parten de asociaciones judías que buscan hacer creer a sus correligionarios que han examinado cuidadosamente los actos viles y flagrantemente injustos perpetrados contra la población judía de Ucrania y que buscan denunciar a sus autores.

Hace algún tiempo una de estas sociedades, que por cierto tiene su sede en el reino de los bolcheviques, editó un libro, ilustrado con fotografías, sobre las atrocidades cometidas contra la población judía en Ucrania y Bielorrusia, con base en materiales aportados por el «camarada» Ostrovski, lo cual quiere simple y llanamente decir que en base a lo aportado por los bolcheviques. En este documento «histórico» no se menciona en ningún lado los pogromos llevados a cabo por el jactancioso Primero de Caballería del Ejército Rojo a su paso por Ucrania en ruta hacia el Cáucaso en mayo de 1920. Por el contrario, dicho documento menciona varios pogromos y los ilustra con fotografías de insurgentes majnovistas, aunque no está claro qué pintan allí, eso por un lado, y por otro, que de hecho ni siquiera son majnovistas, como lo testimonia el hecho de que se quiere dar a entender que se muestra a «Majnovistas en acción» mediante la foto de una bandera negra sobre la que se muestra una calavera: se trata de una fotografía sin conexión con pogromos y, sobre todo, y especialmente, que no muestra a ningún majnovista.

NO es una bandera 'majnovista'
y ellos son soldados 'petliuristas'.

Un fraude aún más significativo, conmigo y con los majnovistas como blanco, puede verse en las fotografías de las calles de Alexandrovsk, supuestamente tomadas a continuación de un pogrom organizado por majnovistas en verano de 1919. Esta burda mentira es imperdonable para la asociación judía responsable de la publicación, ya que todo el mundo en Ucrania sabe que en aquel entonces el ejército insurgente majnovista se encontraba lejos de esa región: había retrocedido a Ucrania occidental. De hecho, Alexandrovsk estuvo bajo control bolchevique desde febrero hasta junio de 1919 y luego en manos de Denikin hasta otoño.

Con estos documentos, la asociación judía de tendencia bolchevique nos ha injuriado gravemente al movimiento majnovista y a mí: incapaces de hallar evidencias documentales con las que denostarnos (en beneficio de sus patrocinadores) cargándonos pogromos antisemita, ha recurrido a descarados engaños que no tienen relación alguna ni conmigo ni con el movimiento insurgente. Su falsedad aparece con aún mayor claridad cuando reproducen una fotografía que titulan «Majno, un "pacífico" ciudadano» donde quien aparece retratado es alguien absolutamente desconocido para mí.

Por todas estas razones consideré que era mi deber dirigirme a la comunidad judía internacional para mostrarles la cobardía y la mentira de ciertas asociaciones judías de la órbita bolchevique que nos acusan de pogromos antisemitas a mí y al movimiento insurgente que lideré. La opinión judía internacional debe examinar escrupulosamente en qué se sustentan estas infames imputaciones, porque el esparcir tales infundíos no es precisamente la mejor manera de establecer, a los ojos de todos, la verdad sobre lo que soportó la población judía ucraniana, no olvidando el hecho de que estas mentiras sólo sirven para desfigurar por completo la Historia.

Dielo Truda
(Nº 23-24 / abril-mayo 1927)

Organización vegetal descentralizada

Published on: jueves, 16 de noviembre de 2017 // , ,

Por STEFANO MANCUSO

«El contrato social por excelencia es un contrato de federación:
un contrato sinalagmático y conmutativo para uno o muchos
objetos determinados, cuya condición esencial es que los
contratantes se reserven siempre una parte de soberanía
y de acción mayor de la que ceden.»
P.J. PROUDHON

El mundo vegetal podría ser hoy un óptimo modelo de lo moderno. Todo cuanto la humanidad ha construido hasta ahora lo ha hecho inspirándose inevitablemente en cómo está hecho el propio ser humano. El hombre tiene una organización centralizada basada en un cerebro que gobierna el conjunto de los órganos. Nuestro cuerpo tiene una estructura jerárquica que se refleja en el modo en que se organiza todo lo que construimos. Nuestras sociedades son jerárquicas; los dispositivos, aparatos y máquinas de que nos servimos para los más variados fines están construidos a nuestra imagen y semejanza, por así decir. Y, por tanto, con una estrecha relación jerárquica entre un centro de mando y todo cuando depende de éste. Ahora bien, si las observamos con atención, las plantas pueden brindarnos un ejemplo de organización del todo distinto. Si bien manifiestan una complejidad indudablemente no inferior a la del mundo animal, ellas han evolucionado siguiendo un camino distinto que las ha llevado a desarrollar una organización del cuerpo que nada tiene que ver con la de los animales. Los organismos vegetales están constituidos por una serie de módulos que se repiten. Se asemejan mucho más a una colonia de insectos que a un individuo. En otras palabras, no tienen una organización centralizada; en ellas todo es difuso y nada queda delegado a un órgano específico. En cierto sentido, es como si la planta fuese una colonia. El conjunto de la colonia, más que la hormiga individual, es lo que mejor representa el modo en que están hechas y funcionan las plantas. Hasta el punto de que la estructura del aparato radical [las raíces], el modo en que éste explora el terreno y explota sus recursos, ha sido descrito recientemente mediante modelos de comportamiento de enjambre, similares a los que utilizan para el estudio de los insectos sociales.

El cuerpo de las plantas presenta una reiteración de módulos base, una construcción redundante diríamos hoy, constituida por muchos elementos repetidos que interactúan entre sí y que, en determinadas condiciones, pueden sobrevivir de forma autónoma. Además, carecen de órganos vitales individuales. Una decisión muy sabia tratándose de organismos sometidos continuamente a la depredación y cuyo cuerpo está construido para resistir la eventualidad.

Las plantas tienen una inteligencia y un gobierno distribuidos, articulados, ramificados, es decir, que cada módulo es capaz de autogestionarse. Por este motivo … la organización … constituida por una serie de pequeños círculos que actúan de forma autónoma aunque con una idea concreta del resultado que quieren alcanzar, tiene mucho de vegetal.

Recuerdo que una vez, en la India, vi un fresco que reproducía la organización de la sociedad hindú dividida en castas. El esquema estaba construido tomando como modelo el cuerpo de un hombre: la cabeza representaba la clase más elevada, esto es, la de los brahmanes; luego estaban los guerreros, representados por los brazos; los mercaderes, por las piernas; los campesinos y los ciudadanos comunes, por la barriga, y los intocables, por los pies. Sin embargo, hoy en día las plantas podrían ser un modelo de inspiración mucho más interesante que nuestro propio cuerpo. Una inspiración en absoluto trivial si consideramos que éstas no sólo están hechas de forma distinta a nosotros, sino, sobre todo, de un modo que les ha permitido llegar a representar la práctica totalidad de la vida del planeta. Las plantas están descentralizadas. Cada vez que el hombre ha tenido que construir algo descentralizado, crear una organización compleja y articulada, ha emulado el mundo vegetal sin ser consciente de ello.

Pensemos, por ejemplo, en internet. Esta enorme red global nace en los años setenta como un sistema de intercambio de datos entre bases militares estadounidenses —por entonces se llamaba Arpanet—, un sistema que debía ser resistente y capaz de sobrevivir a la pérdida de gran parte de la red. Antes de Arpanet, la comunicación entre los distintos organismos militares o civiles que integraban el sistema de defensa de Estados Unidos estaba construida a partir de un mando central por el cual debía pasar por fuerza toda la información. Igual que ocurre con nuestro cerebro. Sin embargo, un sistema como ése no poseía ninguna de las características de robustez y solidez que requiere una red de defensa militar. Un solo ataque dirigido contra el centro de mando habría sido suficiente para anular la capacidad defensiva de Estados Unidos. Para remediar esta vulnerabilidad, se creó un sistema descentralizado, sin mando central, que con el tiempo fue extendiéndose hasta convertirse en internet.

Los mandos centralizados son estructuralmente débiles, siempre. El hombre está muy orgulloso de la constitución de su cuerpo, pero desde el punto de vista de la resistencia creo que no hay duda de que nos faltan las precauciones más elementales. Que tener un centro de mando sea inevitablemente un defecto de diseño no es en absoluto una intuición reciente. Uno de los primeros en señalarlo fue Marx, que escribió que «todo lo que es sólido se desvanece en el aire». Recuerdo que esta frase del Manifiesto comunista con la que Marx y Engels describen la fuerza destructiva del capitalismo, que todo lo arrasa (sociedad, economías, clases, jerarquías), fue también el título del exitoso libro de Marshall Berman sobre la experiencia de la modernidad. ¿Cuál es el significado más profundo de esa afirmación? Por poner un solo ejemplo: que el Estado centralizado como emblema moderno está destinado, antes o después, a caer… Todas las organizaciones que nosotros tenemos por solidas e inamovibles en virtud de su centralizada y férrea jerarquía son, por el contrario, muy frágiles. Es por eso que una sociedad y un futuro sólidos deberían tomar como ejemplo —por extraño que pueda sonar— el modo en que las plantas están construidas y funcionan.

Biodiversos
(2015)

Agricultores y cazadores se mezclaron en Europa durante 3.000 años

Published on: domingo, 12 de noviembre de 2017 // , , ,

  El mayor estudio paleogenético realizado hasta la fecha, que ha contado con la colaboración del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, ha permitido recuperar y analizar 180 genomas de Hungría, Alemania y España de hace entre 8.000 y 4.000 años. Los resultados revelan que los primeros agricultores se entrecruzaron con los cazadores locales durante miles de años y que el proceso de neolitización del continente europeo fue más complejo de lo que se pensaba hasta ahora.

8 noviembre 2017

El cambio del modo de vida cazador-recolector a agricultor representa la mayor transición demográfica experimentada por el ser humano en millones de años. La agricultura surge en Oriente Próximo hace unos 10.000 años y posteriormente se expande hacia Europa, donde en pocos miles de años reemplaza a los cazadores mesolíticos.

Aunque desde hace algunos años se sabe que ambos grupos eran genéticamente distintos gracias, en parte, al análisis del genoma del primer genoma mesolítico (el del 'hombre de La Braña' en León), las dinámicas locales de este proceso de reemplazamiento eran hasta ahora poco conocidas.

Ahora, un equipo de investigadores del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) ha logrado secuenciar el ADN de 180 muestras antiguas procedentes de tres regiones de Europa: Hungría, Alemania y España.

«Gracias a esta secuenciación se ha podido determinar que en los tres casos, después de la llegada inicial de los primeros agricultores, estos se entrecruzaron con los cazadores locales a lo largo de varios siglos», explica Carles Lalueza-Fox, investigador del Instituto de Biología Evolutiva, un centro mixto del CSIC y de la Universitat Pompeu Fabra (UPF), y coautor estudio publicado en Nature.

«Los genomas de los agricultores del Neolítico Medio, Final y del Calcolítico de la península ibérica muestran cerca de un 25% de componente genético procedente de cazadores afines a La Braña, mientras que los de Europa central muestran afinidades con cazadores de esa región», añade el investigador.

Un panorama más complejo

En algunos casos, especialmente en Europa central, se detectan individuos con ancestralidades mixtas e incluso cazadores que se incorporaron a vivir a las comunidades agrícolas y fueron enterrados allí. «Este descubrimiento dibuja un panorama más complejo del que existía hasta ahora sobre el proceso de neolitización, que ya no puede considerarse únicamente una migración de agricultores ni un proceso demográfico uniforme», señala Lalueza-Fox.

El análisis de más individuos de la prehistoria de la península ibérica ayudará a completar este panorama y a entender los cambios genómicos que tuvieron lugar con posterioridad, con la llegada de los metales e incluso con migraciones que ocurrieron en tiempos históricos.

Según Lalueza-Fox, «en estos momentos disponemos de cerca de 400 genomas ibéricos antiguos de todas las regiones y períodos, desde el Mesolítico hasta la Edad Media, que siguen mostrando cambios genéticos posteriores que podrán correlacionarse con cambios a nivel arqueológico».

En el estudio se utilizan datos genómicos de 38 muestras de España, de las cuales 17 no se habían reportado antes, y que incluyen yacimientos de Burgos y de Álava.


Referencia bibliográfica:
Mark Lipson, et al. «Parallel palaeogenomic transects reveal complex genetic history of early European farmers». Nature. DOI: 10.1038/nature24476

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