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Noticias Amor y Rabia

El «fraude» que intenta tergiversar la historia de Al-Andalus

Published on: domingo, 8 de abril de 2018 // , ,
Año 711 d.C., la batalla de Guadalete que supuso
el fin del reino visigodo de Hispania y la entrada
del islam en la península.

La inmensa mayoría de historiadores y arabistas denuncian la corriente que niega la conquista islámica de la península Ibérica

Por PATRICIA R. BLANCO

Negar que hubo una invasión islámica en la península Ibérica en el año 711 es un «fraude historiográfico», una «barbaridad» que tergiversa el pasado y que, sin embargo, suma cada vez más adeptos. La reciente publicación de Fuimos árabes (Almuzara, 2018), del islamólogo Emilio González Ferrín, un ensayo en el que refuta la conquista musulmana de España, ha puesto en pie de guerra a la comunidad internacional de historiadores y arabistas especialistas en Al-Andalus: «Los restos arqueológicos y literarios demuestran que buena parte de la Península fue conquistada por la intervención de unos contingentes árabes y bereberes que actuaban bajo el Califato Omeya de Damasco», afirma el historiador y arabista Alejandro García Sanjuán.

El primero en plantear que la llegada del islam a la Península no fue producto de la conquista protagonizada por árabes y bereberes a principios del siglo VIII fue «el falangista Ignacio Olagüe, que trató de demostrar que la raza española no estaba contaminada por los árabes», explica Eduardo Manzano, profesor de investigación del Instituto de Historia del CSIC. Olagüe plasmaría sus ideas en el libro La revolución islámica de Occidente (1974). Pero aquella hipótesis, «desdeñada» por la comunidad científica, ha recibido en los últimos años un «renovado impulso», lamenta Manzano, autor, entre otras muchas obras, de Conquistadores, emires y califas. Los Omeyas y la formación de Al-Andalus (Critica, 2011).
 
Monedas andalusíes del año 766.
«Empieza a dar la sensación de que existen dos hipótesis: la primera, que defiende la invasión islámica de la península Ibérica, y una segunda, que niega que el origen de Al-Andalus esté vinculado a esa conquista», protesta en una entrevista telefónica García Sanjuán, profesor de Historia Medieval de la Universidad de Huelva y autor de La conquista islámica de la península Ibérica y la tergiversación del pasado (Marcial Pons Historia, 2013). Sin embargo, el arabista recuerda que «la primera opción está avalada por la evidencia científica de manera que, considerar que existen dos hipótesis sobre el origen de Al-Andalus es lo mismo que decir que existe la medicina y la homeopatía o el evolucionismo y el creacionismo».

Que Al-Andalus fue una «sociedad árabe e islámica» cuyo origen se encuentra «en la conquista del reino visigodo que ordenó el califato de Damasco» no es «una cuestión de opinión» sino una evidencia científica a la luz de las «pruebas arqueológicas», sostiene también Eduardo Manzano en conversación telefónica. Mientras que González Ferrín defiende que «pensar que la España árabe dependía del califato de Damasco es un relato bastante reciente del islam fundamentalista», según afirmó en una entrevista con EL PAÍS, Manzano señala que «los árabes que llegaron a la Península eran musulmanes», tal y como avalan los restos arqueológicos.

Una de las pruebas que demuestran la vinculación entre la invasión de la Península y el Califato Omeya, según apunta Eduardo Manzano, es El mural de los seis reyes del castillo de Qusayr Amra, en Jordania, construido en el siglo VIII por el príncipe omeya —y futuro califa— Al Walid II. En el fresco, aparecen seis monarcas o líderes que se enfrentaron al islam: cuatro de ellos tienen inscripciones en árabe y griego y los expertos los han identificado como el emperador de Bizancio, el emperador persa Cosroes, el negus de Abisinia (Etiopía) y el rey Rodrigo de España, derrotado en el 711. Las otras dos figuras se atribuyen a un soberano chino y a uno turco o hindú.
 
Mural de 'Los seis reyes', en el castillo
de Qusayr Amra (Jordania)
Pero hay muchas más evidencias en las que se basan la comunidad de historiadores y arabistas para atestiguar el origen islámico de Al-Andalus, como las monedas, los sellos de plomo, los papiros que confirman que los contingentes árabes y bereberes llegaron a la península Ibérica en barcos o los enterramientos de la época que siguen el rito musulmán —el cadáver recostado sobre el lado derecho y con la cara en dirección a La Meca—, como los hallados en Pamplona o en Nimes (Francia) y cuyo origen norteafricano ha sido corroborado con pruebas de ADN. «En las acuñaciones monetarias que realizan los propios conquistadores aparece el nombre de Mahoma», recuerdan García Sanjuán.

«El dinar transicional y bilingüe, en latín y árabe, que fue acuñado en Al-Andalus en el año 98/716 [el año 98 es del calendario musulmán], según especifica la leyenda en árabe de su orla, reproduce en el área central y en árabe la misión profética de Mahoma: Muhammad rasul Allah, es decir, Mahoma es el enviado de Dios», detalla María Antonia Martínez Núñez, directora del Departamento de Estudios Árabes de la Universidad de Málaga. Es solo uno de los muchos ejemplos que cita Martínez Núñez, que también alude a los precintos de plomo: «Sin duda alguna, los precintos de plomo hallados en Narbona (Francia), junto a los procedentes de diversas zonas de la península Ibérica, constatan las dos modalidades de la conquista del 711, por las armas y mediante pacto, así como el reparto del botín o la imposición de cargas fiscales a los sometidos. Esto precintos además proporcionan la más arcaica documentación del uso del nombre Al-Andalus y un buen número de ellos consignan los nombres de los primeros gobernadores, como Al Hurr, Al Samh, Anbasa ibn Suhaym, Abu l-Jattar», explica en un correo electrónico.

También las crónicas latinas y árabes dan cuenta de la conquista islámica de la península Ibérica, según el consenso mayoritario de los historiadores. Si González Ferrín defiende que no se pueden asumir como tales los hechos descritos en el siglo VIII y narrados 200 años después, Manzano y García Sanjuán diferencian entre dos tipos de textos literarios: las crónicas latinas elaboradas unas décadas después de los hechos y las árabes, más tardías pero basadas en «textos más antiguos que no se han conservado».

Y, pese a las «evidencias», la negación de la invasión islámica de la Península «va camino de aparecer como hipótesis en los libros de texto», prevé Manzano, «algo así como divulgar que las pirámides las construyeron los extraterrestres».

8 abril 2018

Tumbas medievales halladas en Nimes
según el rito musulmán.

140.000 toneladas de residuos nucleares, sumergidos sin control a 650 km de Galicia

Published on: domingo, 18 de marzo de 2018 // , ,

 

El Parlamento de Galicia insta al Gobierno de Mariano Rajoy a vigilar los bidones lanzados al mar hace 35 años en medio de una enorme protesta ciudadana


EL CONFIDENCIAL
18 marzo 2018

Bajo el mar, a unos cientos de kilómetros de la costa gallega, late olvidada una auténtica bomba de relojería. Son las 140.000 toneladas de residuos nucleares que se depositaron durante décadas en el fondo marino, en la conocida como Fosa Atlántica, una práctica que no cesó hasta el histórico estallido de protesta de 1982, embrión del activismo ecologista en nuestro país. Transcurridos más de 35 años, ninguna autoridad controla el riesgo de fugas en unos bidones sometidos a la presión de 4.000 metros de profundidad y a la corrosión del agua del mar.

El tiempo juega su papel en este problema invisible, dominado por el desequilibrio entre la vida útil de los barriles y la de los residuos que contienen. Ninguna institución pública nacional ni internacional realiza un seguimiento de la situación bajo el mar, a unos 650 kilómetros de distancia del litoral de Galicia, como quedó demostrado en 2012, cuando el Bloque Nacionalista Galego pidió en el Congreso que el Gobierno encargase una inspección. El PP se negó con el argumento de que «no hay ni un solo elemento» que lleve a «desconfiar de la seguridad de los residuos radiactivos en la Fosa Atlántica». Ya en 2007, el entonces presidente de la Xunta, el socialista Emilio Pérez Touriño, había pedido sin éxito el Ejecutivo de Zapatero que estudiara los niveles de radiactividad de la zona. Días atrás, el asunto regresó al Parlamento de Galicia y logró la unanimidad de todos los grupos, que instaron al Gobierno de Mariano Rajoy a asegurar la vigilancia en el cementerio nuclear.

El acuerdo, al que se sumó finalmente el PP tras una negociación, reclama al Gobierno que «haga las gestiones pertinentes ante las instituciones europeas y los países responsables de los vertidos» que permitan asegurar la vigilancia de los mismos, «así como obtener información que garantice que no están teniendo impacto en el medio ambiente». La proposición no de ley, presentada por En Marea, también fue apoyada por el PSOE y por el BNG. El diputado Antón Sánchez, autor de la iniciativa, alertó de que los residuos necesitan «un control constante», ya que sus riesgos no desaparecen con el paso del tiempo. «El Estado español se limita a echar balones fuera diciendo que no es de su competencia; al parecer, proteger la salud de los españoles y el medio ambiente no forma parte de sus atribuciones», acusó.

Las afirmaciones del diputado gallego tienen que ver con la ausencia de medidas concretas de control por parte de los ministerios directamente relacionados, como son los de Medio Ambiente, Fomento y Energía, que han reconocido en respuesta a distintas asociaciones que no existe un seguimiento de los vertidos. Tampoco ninguna institución europea o de los países que los depositaron ha informado de la existencia de medidas de control. La última observación de la que existe constancia fue llevada a cabo en 2005 por el Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA), que concluyó que los niveles son muy bajos y en cualquier caso se diluyen antes de alcanzar la costa.

Entre 1949 y 1982, ocho países depositaron sus residuos nucleares en la denominada Fosa Atlántica. Holanda, Francia, Gran Bretaña, Bélgica y, en menor medida, Alemania, Italia, Suiza y Suecia, sumergieron 223.000 bidones —algunos de hormigón y acero y otros convencionales— con cerca de 140.000 toneladas de residuos repartidos en unas 30 ubicaciones. Galicia fue escenario de los últimos que se depositaron antes de la moratoria. Están a 650 kilómetros de su costa, aunque el Gobierno británico llegó a lanzar lo suyos en 1964 a 200 kilómetros de Asturias.


El inicio de la lucha ecologista

Solo los más veteranos lo recordarán, pero la contestación que se produjo por los vertidos frente al litoral de Galicia tuvo la culpa de la moratoria que se abrió en 1982. Y en ella tuvo un protagonismo fundamental un palangrero de madera bautizado con el poco glamuroso nombre de Xurelo, que se enfrentó a los gigantes cargueros holandeses que vertían los desechos radiactivos al mar. Su irrupción se produjo casi de casualidad, cuando en septiembre de 1981 Greenpeace se disponía a enviar al navío Sirius a la Fosa Atlántica. Pero su buque insignia en los Países Bajos sufrió una avería, por lo que la formación ecologista pidió ayuda a Esquerda Galega. Y Esquerda Galega escogió el Xurelo, capitaneado por Anxo Vila.

Allá se fue el Xurelo, tripulado por cuatro marineros y doce políticos, ecologistas y periodistas, al encuentro con los cargueros holandeses. Vila, fallecido en 2011, lo recordaría años más tarde como una tarea compleja, dados los precarios métodos de navegación de la época, contrarrestados con algunos trucos del capitán. Una vez situados junto a los barcos que lanzaban los residuos, y bajo la atenta vigilancia de una fragata militar, protagonizaron su protesta y volvieron al puerto de Ribeiro.

La verdadera hazaña del palangrero gallego se produjo un año después, cuando regresó a la zona acompañado por otros dos pesqueros y por el Sirius de Greenpeace. Fue entonces cuando se enfrentaron a pecho descubierto con los gigantes holandeses. Los ecologistas se acercaron en sus lanchas, para ser recibidos con chorros de agua a presión. Lejos de amedrentarse, se pegaron al casco de los cargueros, justo debajo de las grúas que lanzaban los bidones al mar. Las imágenes de los ecologistas saltando por el aire por el impacto de los enormes barriles dieron la vuelta al mundo.

Llegados a puerto, sus tripulantes fueron recibidos como héroes. Su protesta se prolongó en tierra y se extendió por toda Europa, y no solo consiguió detener los vertidos, que se suspendieron definitivamente ese mismo año, sino que prendió la llama en Galicia y en España del entonces incipiente ecologismo.

Breve historia del M5S, la primera fuerza política italiana

Published on: sábado, 10 de marzo de 2018 // ,

Los impresionantes resultados del 4 de marzo muestran la pujanza de la segunda etapa del movimiento, menos controlada por Beppe Grillo

ALBERTO TENA

En todos los mapas electorales donde los politólogos colocan a los partidos de izquierda a derecha, de más rojo a más azul, el M5S aparece en el centro de un color gris oscuro. El lugar común más extendido entre sus críticos y analistas es el de la indefinición total y su incapacidad para lograr poner en pie un programa político de futuro coherente con ciertos valores y sólido técnicamente. Esto se ha visto reflejado además en sus grandes dificultades para encontrar apoyos entre la intelectualidad itálica. Sólo algunos históricos de la intelligentsia de izquierdas, como Dario Fo, o cantantes como Ramazotti o Rafaella Carrá, le han prestado su apoyo públicamente. Pero es llamativa la pérdida continua de apoyos de perfiles más sólidos, como el del economista y excolaborador de Stiglitz, Mauro Gallegati, que han terminado por abandonar el movimiento por discrepancias con la dirección.

A pesar de esta carencia, el M5S ha conseguido mantenerse —con altibajos y muchas diferencias geográficas— desde 2013 en torno al 20% del voto y, ahora, en las elecciones del 4 de marzo, y con resultados todavía provisionales, el movimiento obtiene más del 32% de los votos y se convierte en la primera fuerza política de Italia.

El Cinco Estrellas fue un fenómeno apenas conocido hasta mediados de 2014 para quienes solo se informaban por televisión. Ese año, por primera vez, Beppe Grillo concedió una entrevista en directo a un programa de prime time presentando el M5S «al popolo della televisione». Hasta entonces todo se había movido exclusivamente por internet y a nivel local. Aunque el partido nació formalmente en 2009, todavía hay grandes dificultades, dentro y fuera de Italia, para comprender qué es el M5S. Absolutamente transversal en lo ideológico, surgido en las redes sociales y con una meridiana línea política de no llegar a pactos con ningún otro partido (cada tanto desmentida y reafirmada), sigue rodeado de grandes interrogantes.

Giuseppe Grillo era conocido sobre todo por haber sido expulsado de la televisión pública en 1987, a la que no volvió hasta la entrevista mencionada en 2014, tras contar una serie de chistes sobre la corrupción del Partido Socialista y Bettino Craxi. A partir de ese momento se dedicó casi exclusivamente al teatro, donde sus monólogos de sátira política sobre corrupción, consumismo y globalización, y especialmente sobre medioambiente y agua pública, obtuvieron un éxito enorme. Esa fama y su empeño en la denuncia política le empujaron a debutar en la política activa a través de su blog. Junto a su amigo Norberto Casaleggio, empresario de estrategias en redes sociales, logró convertirlo en uno de los blogs más influyentes en el mundo en lengua italiana.


Por aquel entonces sus campañas más famosas fueron las que llamaban a sacar las tropas de Irak y a recoger firmas para la dimisión de una veintena de diputados condenados por corrupción. Entre 2007 y 2008, desde su blog, se convocan dos grandes manifestaciones, llamadas VaffanculoDay, el día de «mandarlos a tomar por culo». La primera, pidiendo la dimisión de diputados condenados por corrupción y la limitación de mandatos, y la segunda, contra la financiación pública de los medios de comunicación y contra la connivencia de los medios de comunicación y la élite gobernante. Fueron manifestaciones masivas y sería difícil no hablar de ellas como de un proceso de movilización social capaz de conectar, de manera muy similar a como lo conocemos en nuestro país, las redes sociales y la política, internet y la calle. La gran diferencia es que esta se dio en general al margen no sólo de las estructuras de los partidos, sino también de las históricas organizaciones de los movimientos sociales surgidos en la ola de movilizaciones de finales de los años 60 y que aún hoy perduran. Con estos fueron confluyendo en reivindicaciones más concretas en los años siguientes, como el rechazo a la construcción de las líneas de alta velocidad o las movilizaciones por el agua pública.

Hasta aquí, conocer esto es igual de importante que conocer el origen de Pablo Iglesias y el grupo de personas que fundaron Podemos (y aquí, aclaro, los paralelismos entre el M5S y Podemos son exclusivamente para acercar y ayudar a la compresión del fenómeno en tanto que partido nuevo). Pero conviene dejar de lado las teorías conspiratorias que han acompañado hasta ahora los análisis sobre el M5S. Que sustancialmente vienen a presentar al M5S como el resultado de la manipulación en redes sociales en una especie de fascismo encubierto. Una explicación (inútil) muy parecida a la que se ha dado a sí misma la izquierda sobre Berlusconi, pero con las nuevas tecnologías.

A estas alturas hay dos cuestiones que se deben tener en cuenta. La primera es la capacidad de Grillo y el M5S para conectar con ciertas demandas latentes construidas durante el berlusconismo y que el PD había abandonado por razones similares a las del resto de la socialdemocracia europea. Esto, unido a la transversal desconfianza hacia el Estado y su sistema de partidos desde Tangentopoli, les ha permitido dar paso a un proceso de construcción de una identidad política alternativa a las existentes. La segunda es la cuestión de la innovación respecto a los partidos tradicionales en todo el proceso de construcción organizativa, que por su singularidad y tipo de debates, tal vez les suene a muchos activistas españoles. El M5S comparte con Podemos y sus confluencias la característica fundamental de ser realmente un partido nuevo, es decir, construido lejos (o al menos fuera) y de manera autónoma a los partidos clásicos y de muchas de sus tradiciones organizativas.

Desde su nacimiento, el M5S mostró un rechazo real a convertirse en un partido formal, con un aparato profesionalizado y organizado que se presentara socialmente como representante/mediador entre los ciudadanos y las instituciones. «No somos un partido, no somos una casta, somos ciudadanos punto y basta» rezaba una de las canciones que circulaban por internet como himno del M5S. La Ley de hierro de la oligarquía, de Robert Michels, se convirtió en un punto de referencia repetido por los militantes del M5S entre 2005 y 2009, período de creación de su organización. Esa era la clave que para ellos explicaba la desafección y el distanciamiento de los partidos. La organización del movimiento tenía que romper esa dinámica y producir participación desde abajo. No había que tender hacia la oligarquización, la estructura tenía que quedar ligada a las bases. En la práctica eso se ha traducido en una gran fragilidad, tanto por la figura de Grillo como por las dinámicas organizativas del grupo parlamentario nacional, cuya existencia sigue poniéndose en cuestión por muchos sectores que ven en el arraigo en el territorio su principal fuerza. Este análisis preliminar entre los ciberactivistas que pusieron en marcha el proceso de construcción del M5S es el que mejor explica la mayor parte de las decisiones que se fueron tomando durante el proceso de gestación.

En julio de 2005, Grillo propuso coordinar a los seguidores de su blog utilizando la herramienta virtual Meetup con la intención de «transformar una discusión en un movimiento de cambio». Una red social pensada específicamente para facilitar la coordinación entre los diferentes grupos, abrir espacios de debate y organizar encuentros. Cualquiera que haya participado en procesos organizativos como el 15M puede entender que las herramientas virtuales usadas en clave organizativa son las que marcan las propias dinámicas políticas. Visto con perspectiva, podemos observar cómo se han ido formando los tres niveles de participación clásicos en los partidos: los militantes (los inscritos en el blog y los Meetup), los simpatizantes (los que leen el blog habitualmente y lo siguen en su Facebook o Twitter) y los votantes (que no tienen por qué mantener una relación constante con alguno de estos elementos). Pero al mismo tiempo, y esto es fundamental, si uno quiere seguir lo que sucede en sus discusiones internas, se mantiene una independencia fuerte entre los niveles nacional y local. Es precisamente en los Meetup locales donde se reconoce una dinámica de movimiento y una distancia mayor de la figura y el poder de Grillo. Las votaciones online son muy frecuentes y sirven para decidir y establecer las listas electorales, los programas y las líneas políticas locales, que deben mantenerse siempre dentro de las líneas generales del movimiento. Para participar plenamente en un Meetup local hace falta una permanencia de seis meses, aunque cualquier persona que desee inscribirse puede hacerlo.

En los Meetup nacionales la cuestión es mucho más compleja. Actualmente gran parte de la actividad se ha centralizado en una nueva plataforma llamada Rosseau. Un sistema operativo que les ha permitido elaborar, de manera participativa, su programa electoral, recoger fondos y generar votaciones sobre diferentes temas: inmigración, parejas de hecho, alianzas en el Parlamento europeo. Pero en este nivel, y hasta hace poco tiempo, ha sido mucho mayor la influencia de Grillo, a pesar de no ostentar ningún cargo interno orgánico ni político. Recientemente, ha dejado de ejercer formalmente como portavoz, pero mantiene un poder informal, lo que ha provocado algunos problemas y muchas críticas, especialmente en el momento de la expulsión del movimiento de algunas personas. Resulta especialmente llamativo el caso de los diputados Massimo Artini y Paola Pinna, que fueron expulsados después de que Grillo propusiera de improviso una votación online, sin apenas discusión previa, ni posibilidad de defensa de los acusados de no rendir cuentas sobre sus salarios. La única votación importante que se ha resuelto hasta ahora en contra de la línea que mantenía Grillo es la que decidió que no se iba a proponer la vuelta del delito de inmigración clandestina.

En 2013, momento de su máximo apogeo organizativo, existían aproximadamente 1.200 grupos Meetup en más de 900 ciudades y en torno a 150.000 miembros ligados a Grillo o al M5S; el mayor de todos el de Nápoles, con más de cinco mil miembros, seguido de los de Milán, Roma, Florencia y Bolonia, con unos 2.000. Todos ellos crearon la columna vertebral del M5S que ha tenido en su cima otra herramienta virtual, el blog de Beppe Grillo. Desde un punto de vista formal parece difícil establecer de forma inequívoca y nítida la relación entre Grillo y el M5S. Grillo se ha presentado siempre como el «megáfono» del movimiento, como aquel que va abriendo espacios para que todos los miembros puedan expresarse, y como «vigilante» del cumplimiento de los acuerdos colectivos. La función principal del excómico como elemento clave de liderazgo tiene que ver con la construcción de una unicidad desde la heterogeneidad de los miembros de los Meetup. Esta función es la que le ha otorgado en muchas propuestas organizativas el nombre de Capo político. I Grillini es el nombre que reciben los militantes del M5S. Es decir, Grillo, como 'significante', se convirtió en el contenedor que aglutinaba y unificaba los humores del descontento que se habían ido expresando aunque no se refirieran a los mismos problemas. Esta circunstancia es clave para entender el poder informal pero central de Beppe Grillo en el M5S, mucho más que los oscuros intereses de la empresa de la Casaleggio Associati y que la manipulación tecnológica.

Grillo no formó nunca parte orgánica de su estructura más allá de ser su fundador y no se presentó como candidato a diputado o primer ministro en ningún momento, pero el hecho de que todo el proceso se haya llevado a cabo en torno a él (y a su página web) le otorga un poder en la construcción del discurso que, aun no siendo orgánico, en el sentido clásico que le atribuimos a los partidos, sí que constituye la parte más despótica de su poder. Una posición que se escapa sin duda del control democrático de las bases y que dan a Beppe Grillo una capacidad política concreta y la posibilidad de definir el dentro/fuera del movimiento. Lo que sí parece que a estas alturas está claro es que el relevo que ha tomado su nuevo secretario general, Di Maio, junto a otras cabezas visibles, va a marcar una etapa claramente diferenciada a la época de Grillo. Los impresionantes resultados electorales del 4 de marzo son la prueba de consolidación de la era post-Grillo en el M5S.

5 marzo 2018

Los Borbones, una saga llena de viciosos y tarados. ¡Va por ti, Valtonyc!

Published on: domingo, 25 de febrero de 2018 // ,
 

Por JAUME GRAU

Valtonyc, el rapero de Sa Pobla, deberá ingresar en prisión, después de que el Tribunal Supremo haya ratificado su condena a 3 años y 6 meses por injurias a la corona, por faltar el respeto a los Borbones. Por esta razón y a la vista de la sentencia, me parece que valdría la pena recordar quienes son los Borbones y qué han representado para España.

Los Borbones españoles tienen el honor de encabezar la lista de las estirpes reales europeas más taradas y despóticas. Y se han ganado esta plaza en la historia por méritos sobrados, vamos, que han puesto esfuerzo y ganas.

Empecemos por el primer rey, Felipe V, que se paseaba con el camisón de su mujer por el palacio real, no se lavaba y defecaba por todas partes, pensando que era una rana. No se dejaba cortar el pelo, ni las uñas de las manos ni de los pies, hasta que al final ya no podía ni andar. Ah! Y tenía una obsesión enfermiza por el sexo, un rasgo caracterológico que ha perdurado en la familia hasta nuestros días. Éste es el primer Borbón de la dinastía española, el que inaugura la exitosa estirpe real.

Parece difícil de superar, pero los que le irían sucediendo supieron estar a la altura. Su hijo, Fernando VI, tenía la manía de morder y pegar sus subordinados, hasta el punto de causarles importantes heridas. Bailaba en ropa interior y sólo se calmaba después de una buena dosis de opiáceos.

El siguiente rey, Carlos III, era un personaje melancólico, un tanto extraño. Se casó a los 22 años con Amalia de Sajonia que tenía 13. Estaba tan entusiasmado con las alegrías de la vida conyugal con su esposa, una niña a todos los efectos, que contaba en carta a sus padres las relaciones carnales que mantenía, lo que suelen hacer todos los hijos, claro. Carlos III se ha llevado la fama de ser el único Borbón medianamente presentable, porque supo delegar en ministros competentes. Pero… ¡cuidado! Delegaba porque no estaba nunca en la Corte, se pasaba el día cazando. De hecho, en la Corte, se estaba una media de seis o siete semanas al año; el resto lo pasaba en el campo. A Carlos III se le conoce como «El cazador» y un retrato de Goya muestra al rey ya chocho, escopeta en mano.

Goya también pintó a la familia real de Carlos IV: un retrato despiadado donde quedan reflejados todos los defectos y vicios del grupo en su conjunto. No se salva ni uno. Carlos IV se pasaba el día cazando como su padre, le gustaba hacer de carpintero y era un personaje manipulable, influenciado por su mujer, María Luisa de Parma, que colocó a su amante, Godoy, como ministro universal. Carlos IV cedió los derechos de la corona española a Napoleón por una modesta suma: 30 millones de reales anuales, el precio de su patriotismo. Su hijo Fernando, también obtuvo una pensión, eso sí, más escasa, de 4 millones de reales.

Después sería rey, Fernando VII, «El deseado», un crápula vicioso y lúbrico, con un miembro viril desproporcionado como dejó anotado en sus diarios un médico de la época: «un Miembro viril fino como una barra de lacre en la base, y tan gordo como el puño en super extremidad; además, tan largo como un taco de billar». Fernando VII tiene el honor de ser considerado el peor rey de la historia de España; un título, todo hay que decirlo, por el que compiten otros familiares suyos. No tuvo descendencia masculina, proclamó la Pragmática Sanción que anulaba la Ley Sálica y que permitía gobernar a su hija Isabel en lugar de su hermano Carlos, que habría sido el sucesor natural al trono. Este hecho desencadenaría un conflicto dinástico que ocasionaría tres guerras y miles de muertos durante el siglo XIX: las Guerras Carlistas.

¿Qué decir de Isabel II, «la Isabelota»? Heredó el apetito sexual de su padre, era consentida e influenciable, y en la corte se rodeaba de personajes grotescos, como sor Patrocinio, la monja de las llagas. Mientras, su madre María Cristina reunía una gran fortuna gracias a su influencia política y a su participación en el negocio del ferrocarril en la península. Lo de las comisiones.

La revolución de la Gloriosa, fue el primer intento de echar a la dinastía de una vez por todas, pero sin éxito. La muerte de Prim, la abdicación de Amadeo de Saboya y los conflictos de la Primera República, permitieron la restauración de la monarquía en la persona del hijo de la reina Isabel y un comandante de ingenieros valenciano, Enrique Puigmoltó. Alfonso XII, el «Triste de Sí», era un joven enfermizo y melancólico que, a diferencia de sus antecesores, recibió una formación más completa en diferentes países europeos, lo que no le impidió cometer algún desliz de pardillo que le conllevó importantes problemas diplomáticos con Francia. Alfonso XII murió de tuberculosis y su esposa, la reina María Cristina, actuó como regente hasta la mayoría de edad de Alfonso XIII.

El nuevo rey destacó por su ademán soberbio y su chulería, por su voluntad de no someterse a las limitaciones constitucionales, por su nefasta obra de gobierno, por los desastres militares, por la dictadura de Primo de Rivera y… ¡Ah! Por una cuestión positiva: ser promotor del cine, gracias a las películas pornográficas que financió de su bolsillo y que realizaron los hermanos Baños. Ahora están en depósito en la Filmoteca de Valencia.

Su hijo Juan, padre del actual rey emérito, después del golpe de Estado fascista, corrió a ponerse a disposición de Franco, aunque el general Mola impidió que se uniera a sus fuerzas, para no provocar malestar con los carlistas. El conde de Barcelona se afanó para volver al trono, y envió a su hijo Juan Carlos a España para que estudiara con los facciosos. ¿Qué mejor educación se puede dar a un hijo? A pesar de los acercamientos del conde de Barcelona, ​​a la oposición moderada, el interés real de la familia no era el restablecimiento de la democracia, si no la restitución de su estirpe dinástica, por el medio que fuera.

El rey Juan Carlos siempre tuvo en consideración al dictador; de hecho no ha permitido que nadie hable mal de Franco en su presencia. Juan Carlos propició consciente o inconscientemente el golpe de Estado del 23-F, hablando como un bocazas con sus generales de la situación política en España y de los cambios que serían necesarios. Los cambios se produjeron por vía de la destitución de Adolfo Suárez, pero el golpe ya estaba en marcha. El rey Juan Carlos, como muchos antiguos antecesores suyos, ha tratado de engrasar su cartera hasta acumular una fortuna que The New York Times estimó en 2.300 millones de dólares, todos en negro, porque no consta que haya declarado nada a Hacienda de sus ingresos extraordinarios. Juan Carlos, como sus antepasados, ha practicado sin descanso dos de las aficiones que siempre han distinguido los Borbones: la caza y el fornicio. Del fornicio real de Juan Carlos se han derivado gastos extraordinarios pagados con fondos reservados para ocultar algunas de las numerosas aventuras que ha ido acumulando durante su reinado.

Después de aguantar estoicamente durante 300 años el gobierno de una dinastía tan peculiar, parece que todavía no ha llegado el momento de hablar, de expresar con libertad qué ha significado para los sufridos ciudadanos de esta península, haber sido dominados por el capricho de un ADN borbónico tan extraordinario. Y aún tenemos que aguantar que se cierre en la cárcel a todo quisqui que se atreva a tweetear, hablar, cantar o rapear. Como en el caso de un joven valiente de 23 años, de Sa Pobla.

22 febrero 2018

Tomando a Piotr Kropotkin en serio

Published on: domingo, 21 de enero de 2018 // , ,

Por ÁLVARO GIRÓN

Hace más de una década comenzaba a dar los primeros pasos en lo que acabaría por convertirse en una larga indagación sobre Piotr Kropotkin. Por aquellas fechas, recién instalado en Inglaterra para una estancia posdoctoral, uno tendía a pensar que pocos serían los interesados en un teórico anarquista décadas después del colapso final del breve renacimiento ácrata posterior al 1968. Parecía que solo quedarían —como mucho— algunos rescoldos humeantes, convenientemente triturados en aquellos tiempos en que la ortodoxia thatcheriana —modernizada con convenientes ropajes blairistas— imperaba en la Gran Bretaña y más allá. Pues bien, pronto caí en la cuenta de que en la isla donde él vivió durante más de treinta años de exilio —desde 1886 a 1917— nunca se le olvidó del todo.

Ahora bien, el que Kropotkin no haya sido del todo olvidado no quiere decir necesariamente que se le haya tomado en serio. Las ambigüedades son especialmente notorias cuando hablamos de su pensamiento evolucionista. Por un lado, se ha alabado su contundente resistencia frente al —mal— llamado darwinismo social. También se le suele señalar como uno de los precedentes más claros de los estudios sobre altruismo entre animales. No obstante, la opinión general tiende a presentar la visión kropotkiniana de la naturaleza como algo que tenía más que ver con sus disposiciones personales (supuestamente benevolentes) o sus ideales políticos que con el desapasionado análisis que se le supone al científico. En realidad, la idea viene de lejos. Ya en la reseña publicada en 1903 en Nature de su obra capital, El apoyo mutuo (1902), se leía que Kropotkin atribuía «a los animales inferiores una benevolencia similar a la suya propia».

Uno de los intentos relativamente recientes de rehabilitación científica del evolucionismo a lo Kropotkin vino —quizá no por casualidad— de la mano del llorado Stephen Jay Gould, en su artículo «Kropotkin no era ningún chiflado» (1991). En él Gould, haciendo un uso generoso de la contribución de Daniel Todes (1989) sobre el darwinismo ruso, desafió la imagen del personaje idiosincrático que moldea las aristas de la economía natural en función de sus muy peculiares convicciones políticas: Kropotkin no era una rara avis, sino que sus ideas se entroncaban en una tradición peculiar del evolucionismo ruso. Un darwinismo sin Malthus, que tendía a subrayar el carácter capital de la sociabilidad —cuando no la solidaridad— en la lucha por la existencia que los seres vivos sostenían contra las dificultades ambientales. Lo que a Gould le resultaba tranquilizador era saber que, a pesar de las implicaciones políticas que había ido adquiriendo el darwinismo en Rusia, no poco de esa tradición antimaltusiana se basaba en un sólido trabajo de campo en los grandes territorios despoblados del imperio ruso. Ello contrastaba con la experiencia fundacional de alguien como Darwin, quien había nacido y vivido en una isla superpoblada y desarrollado parte de sus primeros pasos como científico en entornos tropicales. Dicho de otra manera, el sustrato del darwinismo antimaltusiano de Kropotkin no solo se asienta en ideales políticos aparentemente excéntricos, sino sobre todo en una tradición científica respetable, sólidamente anclada en el conocimiento empírico de un entorno natural peculiar.

Por bienintencionada que fuera la aproximación de Gould, sin embargo, uno se atrevería a discrepar en dos cuestiones fundamentales. La primera es que la contribución de Kropotkin no se puede ni se debe entender como una suerte de intrusión de un darwinismo peculiar aunque respetable —el ruso— en un entorno científico y social totalmente ajeno. Por el contrario, en la Europa Occidental existía un público más que preparado para aceptar que la sociabilidad ha tenido mucho que ver en la evolución, sobre todo en el caso de los animales. Como el propio Kropotkin reconoció públicamente, el terreno había sido convenientemente preparado por las aportaciones de personajes hoy olvidados como Alfred Espinàs, Jean-Louis de Lanessan o Ludwig Büchner. Más aún, era el propio Darwin el que se refirió en El origen del hombre al rol clave de los instintos sociales en la génesis del sentido moral. Ni Kropotkin ni su ciencia fueron periféricos en los debates posdarwinianos sobre ética y evolución.

La segunda discrepancia quizás sea más heterodoxa. El punto de vista de Gould, más que implícitamente, se basa en la convicción de que las ideas políticas indefectiblemente contaminan la obra científica: nos podemos tomar en serio a Kropotkin porque su peculiar darwinismo no está informado exclusivamente por su anarquismo, sino que debe bastante más a su experiencia en el hostil ambiente siberiano. Algunos, por el contrario, pensamos que hay buenas razones para dudar del hecho de que se puedan separar clínicamente ciencia y cultura (lo que incluye eso que llamamos política). Hoy admitimos que en la génesis de la teoría —o mejor, teorías— de Darwin, junto a los muy respetables pinzones y cirrípedos, algo tuvieron que ver la economía política de Malthus, la disidencia religiosa, su antiesclavismo militante o la dinámica expansiva del Imperio británico. No separamos a unos (la naturaleza), vistos como fuentes legítimas de conocimiento, de otros (la cultura), presentados como peligrosos contaminantes: todos son constitutivos del conocimiento. De la misma manera, permítanme que yo no haga esa misma separación cuando hablo de Kropotkin. Si hemos de entender su pensamiento, más vale lidiar con el viajero, el anarquista, el geógrafo, el respetable hombre de ciencia, es decir, con el hombre completo.
 
Bosques de la cuenca del Amur,
región explorada por Kropotkin.

El explorador, el revolucionario, el sabio venerable

Kropotkin nace en 1842 en una familia perteneciente a la más rancia aristocracia moscovita. A los quince años se incorporó al cuerpo de pajes de San Petersburgo, donde, además de recibir instrucción militar, tuvo acceso a una exquisita educación técnica y científica. Brillante estudiante, fue promovido a paje de cámara del zar en ese mismo año. De inclinaciones políticas liberales, pronto se desilusionó por el carácter reaccionario del ambiente palaciego de San Petersburgo. En 1862 se incorporó a un regimiento cosaco en Siberia (allí estuvo destinado hasta 1867), donde esperaba poder colaborar más efectivamente en la reforma del país. Después de un lapso durante el que trabajó arduamente en tareas administrativas, Kropotkin dedicó sus energías a la exploración científica. La experiencia siberiana le marcó la vida para siempre. Supuso, en primer lugar, la piedra de toque sobre la que construyó gran parte de su importantísima aportación al dominio de la geografía física. El contacto, además, con un ambiente aparentemente despoblado —como el siberiano— fue fundamental en la articulación posterior de su interpretación antimaltusiana del darwinismo. Y de manera aún más crucial en ese momento, determinó su pérdida de fe en la maquinaria del Estado a la hora de resolver los problemas reales del pueblo.

Sin embargo, el verdadero elemento catalizador desde el punto de vista político —como para muchos jóvenes de su generación— fue la Comuna de París (1871). Después de rechazar el puesto de secretario de la Sociedad Geográfica Imperial, hizo un viaje a Suiza: allí tomó partido decididamente por el socialismo anarquista. A la vuelta de su corta estancia en Suiza, se unió al famoso círculo populista de Chaikovski, hasta que fue hecho preso en 1874. Se fugó de las cárceles rusas dos años después para exiliarse en Gran Bretaña. Aunque se ganaba la vida con actividades tan respetables como las colaboraciones en Nature, The Times o la Enciclopedia Británica, su nueva vida como agitador anarquista estaba muy lejos de acabar. En los años siguientes, viviendo a caballo entre Gran Bretaña, Francia y Suiza, Kropotkin se convirtió en un extraordinario propagandista revolucionario, siendo fundamental su aportación tanto para la difusión del comunismo libertario como para la creación de una prensa libertaria de gran aliento teórico.

Esta actividad se vio bruscamente frenada. A fines de 1882, fue arrestado en Lyon. Desafortunadamente para las autoridades galas, el juicio que siguió a su detención se convirtió en una formidable plataforma de propaganda libertaria. Se consolida —además— el mito romántico del príncipe que renuncia a los privilegios de clase para abrazar la causa de los desposeídos, hasta el punto de generar una ola de simpatía hacia la figura de Kropotkin en la otra orilla del canal de la Mancha. Los años en la cárcel tuvieron efectos perdurables. Es en la cárcel de Clairvaux donde lee el trabajo del zoólogo ruso Karl Fiodorovich Kessler sobre la ayuda mutua en la evolución, decisivo, como él mismo confiesa, en la formalización de sus ideas al respecto. Por otra parte, su salud, ya debilitada por la estancia en las cárceles rusas, empeora hasta el punto de temerse por su vida. En enero de 1886 fue excarcelado, aunque se convirtió en un enfermo de por vida.

Tras la liberación, se exiló en Inglaterra. Estableció su residencia en los suburbios londinenses, dando fin a gran parte de su actividad clandestina. Inició, sin embargo, una actividad teórica de grandísimo calado. Su vida suburbial, en todo caso, no fue absolutamente anónima. El aura romántica del aristócrata que renuncia a su clase social, combinada con su gran reputación como viajero y geógrafo, le abre puertas y públicos nada comunes para un anarquista. Kropotkin no solo hacía públicas sus ideas en los órganos de prensa libertarios, sino que escribía habitualmente en revistas de gran impacto en círculos intelectuales, como The Nineteenth Century, la más aclamada de las monthly reviews, de cuya sección científica llegó a ser responsable. Participó, además, en las actividades de la Royal Geographical Society, llegando a ser miembro de la British Association for the Advancement of Science. Los largos años que residió en Inglaterra hasta su vuelta a Rusia en 1917 fueron años de apacible respetabilidad victoriana, aunque mantuvo un fuerte compromiso con la causa anárquica. Fue, sin duda, el período más fructífero desde el punto de vista intelectual, evolucionismo incluido.

Kropotkin contra Thomas Huxley, y más allá: «El apoyo mutuo»

En realidad Kropotkin comenzó a estar interesado en el darwinismo desde fechas tempranas. Su correspondencia refleja que en cierta manera estaba sometiendo la teoría darwiniana al test de la naturaleza siberiana a comienzos de los años 1860. Sus opiniones al respecto, sin embargo, solo vieron la letra impresa una vez exilado en Europa Occidental. Fue en 1882 en un obituario de Darwin publicado por la prensa libertaria francesa. El artículo es, de facto, una crítica al uso burgués del darwinismo y contiene algunos argumentos que reaparecerán después: las especies sociables son las más prósperas; la solidaridad es el factor clave en la supervivencia de las especies en su agónica lucha colectiva contra las fuerzas hostiles de la naturaleza. El texto, además, refleja su deuda con respecto a la visión que tenían sobre el asunto los zoólogos rusos.

En 1887, en dos artículos publicados en The Nineteenth Century y en un contexto de gran tensión social en Gran Bretaña, Kropotkin manifestó que el anarquismo y la filosofía de la evolución tenían los mismos métodos. Sin embargo, introdujo un matiz importante. Haciendo una crítica a Herbert Spencer, afirmó que las leyes de población maltusianas eran falsas y que no aportaban nada a la teoría de la evolución. Paralelamente, Thomas Henry Huxley, el viejo defensor de Darwin, estaba elaborando su propio guión político-científico en una dirección muy distinta. En 1888, en la propia The Nineteenth Century, Huxley empezó a dibujar el retrato de la naturaleza como un conjunto de procesos amorales y brutales, absolutamente incapaz de proporcionar cualquier tipo de criterio sobre el que fundar la moral. Es la respuesta de Huxley tanto a la ética evolucionista de Spencer como a su ultraliberalismo político. Ahora bien, aunque su posición es congruente con un nuevo liberalismo reformista que consideraba necesario cierto nivel de intervención del Estado, Huxley subrayaba con igual fuerza que la presencia permanente del espectro maltusiano y la persistencia de instintos agresivos primordiales imponían severos límites a los proyectos de reforma radical y revolucionarios. Todo ello llevó a Kropotkin a responder en una serie de artículos publicados en la misma revista entre los años 1890 y 1896, y que fueron finalmente reunidos en un volumen titulado Mutual Aid. A Factor of Evolution, publicado en 1902.

Ahora bien, el objetivo de El apoyo mutuo no era simplemente Huxley. Kropotkin se lanzó a criticar lo que él veía como toda una escuela que utilizaba como eslogan la lucha por la existencia. El libro se convirtió en un ataque a aquellos discípulos de Darwin que, a su parecer, solo veían en la naturaleza sus aspectos más brutales. El príncipe anarquista reconocía que la lucha por la existencia —en el sentido de una competencia real por el alimento y el espacio— existía en el mundo de lo vivo, pero que no era fácil que tuviera efecto. Era muy raro que se llegara al umbral maltusiano de un combate efectivo entre individuos por el alimento. En contraposición, Kropotkin destacaba el papel predominante de lo que, según él, Darwin había llamado «lucha metafórica por la existencia», es decir, la lucha colectiva que las especies sostienen contra las condiciones hostiles del medio y contra otras especies. Para él estaba claro que la mejor arma en ese tipo de lucha era la sociabilidad. Los más aptos son aquellos animales que adquieren hábitos de apoyo mutuo.

Por otro lado, para Kropotkin, la lucha entre individuos de la misma especie no puede producir ningún tipo de progreso evolutivo, sino lo contrario. Establecer límites a la competencia maltusiana mediante el auxilio mutuo es la clave de la evolución progresiva. La sociabilidad —el apoyo mutuo— no solo limita la lucha, sino que es condición necesaria para el desarrollo de las facultades más elevadas, como la inteligencia y la moralidad. Ello le llevó a otra conclusión correlativa. Kropotkin, al contrario que Huxley, pensaba que la moralidad estaba fundada en natura, no existía un proceso ético que oponer a una supuesta naturaleza amoral. Lejos de ser un desarrollo tardío, un fruto de la civilización, nuestro sentido moral estaba profundamente anclado en nuestro pasado biológico: son millones de años de evolución que hablan en nosotros.
 
Kropotkin 'versus' Huxley.

De la ética al neolamarckismo

No es extraño, pues, que Kropotkin tratara de desarrollar las consecuencias éticas del punto de vista adoptado en su Mutual Aid. En el período comprendido entre 1890 y 1914 empezó a parecerle una necesidad perentoria. La creciente influencia de la filosofía de Nieztsche —conspicua incluso en las filas libertarias— así como el rearme patente del catolicismo en el fin de siglo aparecían como nuevas amenazas. En el año 1904 publica dos artículos en The Nineteenth Century destinados no solo a conjurar los peligros, sino a servir de base a lo que él quería que fuera una obra acabada sobre moral basada en la filosofía evolucionista. Una nueva ética —que vendría según sus propias palabras a segar la hierba bajo los pies del cristianismo— en la que la huella inspiradora del Darwin de El origen del hombre se hace explícita. Sin embargo, Kropotkin pronto encontró un obstáculo en su tradicional bestia negra: Thomas Malthus. Según el anarquista ruso, los biólogos se resistían a reconocer el apoyo mutuo como principal característica de la vida animal porque advertían que estaba en abierta contradicción con el feroz combate por la vida entre individuos que se desprende necesariamente de las limitaciones maltusianas de espacio y alimento. Este era el verdadero fundamento —según ellos— de la teoría darwiniana de la evolución. Aun cuando se les recordara que Darwin en El origen del hombre había subrayado el papel clave de la sociabilidad y de los sentimientos simpáticos en la preservación de las especies, estos mismos naturalistas eran incapaces de reconciliar esta afirmación con el peso indudable que el propio Darwin y Alfred R. Wallace asignaron a la lucha interindividual en su teoría de la selección natural. Kropotkin asumió la existencia de esta contradicción. Maltusianismo y dominio de la solidaridad en la economía de la naturaleza eran mutuamente excluyentes.

Kropotkin trató de sortear el obstáculo postulando una síntesis entre darwinismo y lamarckismo en una serie de artículos publicados en The Nineteenth Century a lo largo de la década de 1910. Una síntesis en que la selección natural sería en gran medida fagocitada por la acción directa del medio sobre los organismos, influencia ambiental que sería transmitida a la descendencia mediante la herencia de los caracteres adquiridos. Para ello trató de probar, fundamentalmente, que la selección natural de variaciones producidas al azar o accidentalmente no podía dar cuenta de la evolución progresiva, mientras que la acción directa del medio transmitida hereditariamente sí lo hacía. Para ello era fundamental demostrar que la herencia de los caracteres adquiridos no solo no era una imposibilidad teórica, sino que empezaba a gozar de cierta base experimental. De hecho, su intento de rehabilitación de Lamarck le llevó a estudiar en profundidad no solo los trabajos de los modernos neolamarckianos, sino también las teorías hereditarias duras opuestas, muy singularmente la de August Weismann.

Quizás para algunos este apoyo postrero a las tesis neolamarckianas ilustre mejor que nada en qué medida Kropotkin es un caso más de cómo preocupaciones extracientíficas llevan a algunas mentes privilegiadas a incurrir en graves errores. Esta es una forma de ver las cosas no solo simplista, sino básicamente errónea: se trata de un anacronismo. El anarquismo de Kropotkin no le llevó a sostener ideas peregrinas, sino a defender planteamientos ampliamente compartidos por parte importante de la comunidad de biólogos del tiempo que le tocó vivir. No solo la crítica a las teorías de Weismann se había generalizado en Francia y en la propia Alemania, era el propio mendelismo —al que Kropotkin no daba especial importancia— el que no resultaba creíble para explicar el fenómeno global de la herencia. Algo parecido se puede decir de su teoría del apoyo mutuo. ¿Antropomorfismo? Desde luego no mayor que el del propio Darwin. En realidad, la ingenuidad de Kropotkin no deja de ser una ilusión retrospectiva. Una ilusión alimentada por el hecho de que tanto en ciencia como en política se alineó en el bando que acabó por ser el perdedor. Es posible que en un tiempo menos sectario, tanto en ciencia como en política, nos acerquemos a su figura de otra manera. Mientras tanto, si se quiere entender algo de los debates posdarwinianos en las últimas décadas del XIX y principios del XX, va siendo hora de tomarse en serio a Kropotkin.

13/05/2011

De la acción solidaria al golpe de Estado

Published on: sábado, 13 de enero de 2018 // , ,
El mismo logotipo del movimiento serbio 'Otpor!'
y el georgiano 'Kmara!', ha servido para otras organizaciones
como el 'Movimiento Juvenil 6 de Abril' de Egipto,
el 'JAVU' en Venezuela y 'Oborona' en Rusia.

Por JAVIER BARRAYCOA

Desde la Albert Einstein Institution, Gene Scharp elaboró, acabando la Guerra Fría, la teoría de los golpes de Estado soft («suaves»). En los últimos decenios, Estados Unidos ha aplicado esta doctrina para conseguir cambios de régimen político en países extranjeros sin necesidad de aplicar la violencia. Para llevar a cabo semejantes proyectos, se han fundado multitud de ONG ad hoc que dependen de los presupuestos del Gobierno federal norteamericano. Si tradicionalmente el Gobierno estadounidense financiaba partidos, sindicatos o guerrillas, ahora subvenciona Organizaciones No Gubernamentales. El entramado de fundaciones, institutos y asociaciones humanitarias con las agencias gubernamentales generan un complicado organigrama donde lo privado y lo público acaba confundiéndose. Un ejemplo es el Open Society Institute del siempre oscuro George Soros. Este instituto aporta fondos a numerosas ONG que sirven a sus intereses políticos y económicos. El papel del Open Society Institute fue clave para configurar la oposición al régimen serbio de Milosevic en el año 2000. Soros financió el Centro para la Resistencia No Violenta de Belgrado. Éste era un foro donde diversos intelectuales encontraron resonancia mundial. La asociación Otpor! («¡Resistencia!»), que preparaba cuadros dirigentes para organizar manifestaciones opositoras, también fue subvencionada por el mismo Instituto.

Miembros de Otpor viajaron a Georgia para asesorar una ONG muy semejante: Kmara! («¡Basta!»), también al servicio de Soros. Esta organización se dedicó a poner en tela de juicio los resultados electorales de las legislativas de 2003. Fue la llamada «revolución de las rosas». Sus protestas tuvieron resonancia internacional y fueron «corroboradas» por otras asociaciones encargadas de velar por la limpieza en el proceso electoral. Lo que nadie dice es que estas organizaciones dependen, a su vez, de las subvenciones del Gobierno norteamericano o de otras instituciones mundialistas. Entre estas sospechosas ONG las más famosas son la Fair Elecctions Society, financiada por el British Council; la International Foundation for Election Systems; el Global Strategy Group, subvencionado por Soros; o la Eurasia Foundation, subvencionada por el Gobierno de Estados Unidos. Gracias a estas asociaciones, se consiguió un incruento cambio de gobierno en Georgia o que el hombre de Soros en Ucrania, Kaja Lomaia, fuera nombrado ministro de Educación. El nuevo presidente georgiano Mijail Saakashvili, protagonista de la «revolución rosa», había cooperado anteriormente con diversas ONG subvencionadas por Estados Unidos y acudía frecuentemente a Belgrado para asistir a las reuniones de las organizaciones controladas por Soros.

Esta constelación de «grupos humanitarios» actúa bajo una estrategia común. Algunos denuncian atentados contra los derechos humanos por parte de un determinado gobierno. Otros reúnen intelectuales y preparan cuadros dirigentes. Todos, ante un proceso electoral, niegan la validez de los comicios haciendo creer que los resultados que ellos registran no coinciden con los gubernamentales. Por fin, la presión internacional se hace insoportable y un gobierno cae. La estrategia se ha estandarizado y en los últimos años hemos asistido a la caída de muchos gobiernos sin derramamientos de sangre en los antiguos países comunistas.

Una de estas «revoluciones de terciopelo» que más resonancia ha tenido ha sido la «revolución naranja» en Ucrania. El proceso ha sido muy semejante al de Serbia. El actual beneficiado de la «revolución naranja» es Víktor Yushchenko. Antes de protagonizar la oposición que hizo caer el Gobierno era miembro del International Center for Policy Studies, una ONG muy activa en Ucrania. Esta organización está financiada por la Poland-America-Ukraine Cooperation Inicitative, una ONG subvencionada a su vez por el Gobierno norteamericano. Lo que los medios denominaban la «sociedad civil» no dejaba de ser, en estos casos, un montaje de estas organizaciones y de aquellos que las mantienen con fondos públicos o privados. De lo que sí estamos seguros es que detrás hay intereses concretos que acaban siendo cobrados.

Los mitos actuales al descubierto
(2008)



    (Nota de AyR: Recordemos también que fue la fundación de Soros quién asesoró a los políticos que llevaron a cabo el fallido 'Procés' en Cataluña el pasado año 2017.)

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